viernes, 6 de abril de 2007

Deshacer el camino andado

Es un tema muy recurrente en la literatura contemporánea el retorno a la infancia, el paraíso perdido. Evidentemente, cuando no se trata de una infancia traumática. El poder que inconscientemente un bebé "sabe" que tiene con tan sólo llorar, pues llorar significa estar en brazos de alguien o chupar leche de una teta o muchas otras sensaciones gratificantes.
Cuando uno tiene 8 ó 9 años, ya se es consciente de ese poder en cierto modo; todos los niños son maquiavélicos a su manera y tiranizan emocionalmente a sus padres y a los otros niños (de la capacidad de llevar a cabo con éxito esa tarea depende gran parte del bagaje vital con el que afrontar la socialización adolescente). Por otra parte, el adulto manipula al niño pues cada detalle en la convivencia marca el desarrollo en lo emocional; por no hablar de las pautas culturales y formativas que los padres imponen como extensión racional de lo que consideran adecuado para su hijo y para su futuro. La coacción mutua de la que habla Javier Marías en "Corazón tan blanco" es entonces una función vital, como respirar; la proyección psicológica sobre el "otro" es inevitable e indiferente a los vínculos emocionales.
Cada vez, como en estas vacaciones, que vuelvo a casa de mis padres, a mi ciudad natal, me envuelven estos pensamientos. En cierto modo, es como recrear el pasado; acceder a meterse en el rol que antes desempeñabas y que ahora se convierte en un juego. Decides ausentarte un poco, diluírte en esos recuerdos. Igualmente ocurre con tus amigos de la infancia, la gente que durante años fue algo más que una cara en tu mente. A veces me da vértigo pensar que gran parte de lo que soy ahora lo fuí adquiriendo poco a poco, y que resulta imposible deshacer el camino andado. Reencontrate con alguien ( que en realidad no te conoce tal y como eres pero que te ha visto crecer y cree adivinar tus comportamientos) y saber que no vas a compartir más que una afectuosa representación basada en el recuerdo y el respeto que culturalmente a ambos os han marcado. Pero descendiendo a lo sensorial, a lo más íntimo, todos anhelamos la mano que nos aprieta la espalda y nos acuna, haciéndonos recordar el calor y la agradable flotación que experimentamos en el útero (quizás la primera experiencia completa de nuestro sistema nervioso). Puede que sea ese deseo el que nos lleva a mantener los vínculos con el pasado, aunque sepamos que al fin y al cabo reflexiones como ésta no tienen demasiado sentido.

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